Sunday, July 21, 2013

ESC


Notas y entrevistas

En Hoy (Estado de México), una nota de Nahum Torres sobre ESC (gracias Nahum!)


Un Libro
Pablo Brescia
Esc
Sub-Urbano Ediciones, 2013
Con 15 años de diferencia, La apariencia de las cosas (1997) y Fuera de lugar (2012) son los dos libros de relatos hasta ahora publicados por este narrador y académico; una clase de escritor que uno quisiera encontrar más a menudo en la oferta editorial. Ante la imposibilidad de conseguir sus libros en las librerías mexicanas, vale recurrir a Internet: el sello estadounidense SubUrbano Ediciones ha reunido algunos de sus cuentos bajo el formato de libro electrónico. Dividido en tres segmentos, Esc trasluce la actualidad narrativa de Brescia, porque si bien la primera parte deja ver los homenajes literarios y experimentaciones estilísticas propios de La apariencia..., con esta selección resurge un asunto de fondo: la lectura, tema central de los cuentos, es para el autor una especie de desafío a la vez que vínculo para construir un juego ficcional alimentado por la ironía. O de qué otra manera puede uno leer ciertos relatos, como aquel en el que un día, el narrador se encuentra entre los anaqueles de una biblioteca con la (única) novela de Borges, o aquella ocasión en el que a otro personaje lo contrata un anticuario para quien es imposible olvidar todo lo leído.
Si aún no conoces a Brescia ahora es tiempo. Su blog es "Preferiría (no) hacerlo" http://pablobrescia.blogspot.com.

Una videoentrevista de Nahum Torres y Miguel Angel Fernández Acosta.


Y en suplementodelibros.com, un perfil:


Nuevo libro



Querido lector/lectora: en tus manos tienes un artefacto compuesto de doce piezas agrupadas en tres partes: CONTROL-ALT-DEL. Las piezas son ficciones reales, historias de gente que lee, escribe, vive. Puedes hacer con este artefacto llamado libro electrónico lo que quieras: leer en secuencia; leer sólo una parte, leer sólo una historia, leer una línea. O lo que sugiere el título. 

Control: La novela de Borges/Te llegó la hora/Objetos raros/El último héroe
Alt: Parábola del viaje/Cacería/Gestos/Frank Kermode
Del: Maneras de estar muerto/Mire, por favor,/Los amigos son los amigos/El ladrón de besos
 
Gracias a la iniciativa de Pedro Medina y la editorial sub-urbano, aparece ESC, primera antología electrónica que recoge 12 de mis relatos, algunos provenientes de mis dos libros anteriores y otros que estaban viajando por diversos medios; se incluye además un inédito. El precio simbólico de u$ 3.99 apunta a difundir a escritores hispanos y crear, como dice Pedro, un ecosistema literario latino en los Estados Unidos. Aquí, el enlace: 







Tuesday, June 4, 2013

INVITACION!

Queridos amigos:

¡Saludos! El viernes 7 de junio a las 19 hs estaré presentando mi nuevo libro de cuentos, Fuera de lugar (2012), en la Casa de la Lectura (Lavalleja  924 entre Jufré y Lerma) con Sandra Gasparini y Evelia Romano. ¡Están todos cordialmente invitados!

Los relatos de este libro exploran el lenguaje limítrofe de lo dicho y lo no dicho, la realidad y la imaginación, la ilusión y el desánimo, el amor y la humillación, desarticulando y re-articulando el fluir perpetuo de la existencia. Partiendo de la descolocación, los cuentos de Fuera de lugar están unidos por el desamparo que transita de uno a otro y por la persistencia en narrar desde sitios reconocibles pero extraños.

Lo que se dijo:

"Entre las más interesantes novedades de la FIL Lima 2012", Javier Agreda, La República (Perú)

"Es la ironía de Brescia una apuesta por lo marginal, por martillear los clisés sociales y las imposturas de la decencia", Christian Elguera, Bitácora El Hablador (Perú)

"Pablo Brescia reinicia el fuego contra los escritos, los escritores y las literaturas para armar historias con los cadáveres, pero no monstruos zombies, sino vidas paralelas o vidas reajustadas". Hugo César Moreno Hernández, SuplementodeLibros.com (México)

Pablo Brescia nació en Buenos Aires y vive desde 1986 en Estados Unidos. Ha publicado los libros de cuentos Fuera de Lugar (Lima: Borrador Editores, 2012) y La apariencia de las cosas (México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1997) y el libro de textos híbridos No hay tiempo para la poesía (Buenos Aires, Tantalia, 2011), este último con el pseudónimo de Harry Bimer. Sus relatos han aparecido en revistas literarias, suplementos culturales y portales de Internet de España, Estados Unidos, México y Perú; participó, además, en antologías como Se habla español: voces latinas en USA (2000) y Pequeñas resistencias 4. Antología del nuevo cuento norteamericano y caribeño (2005), entre otras. Es profesor e investigador de literatura latinoamericana en la Universidad del Sur de la Florida. Su blog es Preferiría (no) hacerlo http://pablobrescia.blogspot.com/


Monday, May 20, 2013

Una entrevista (texto y video) y la columna mensual de sub-urbano


(gracias Nahum y Miguel Angel)

La columna, aquí: http://sub-urbano.com/el-alma-por-el-pie-4. Y debajo (¡lean la revista!)  

El alma por el pie
Pablo Brescia
La oculta profecía del septiembre 11

En 1954 el escritor mexicano Juan José Arreola publica La hora de todos (juguete cómico en un acto). El título refiere claramente a la sátira moral y política de Quevedo y el epígrafe a un personaje protagonista del cuento de Franz Kafka, “El vecino”. Su nombre es Harras, el director de la farsa quien presenta la historia del “juicio” de Harrison Fish, el protagonista de La hora de todos. Es un magnate estadounidense que ha hecho fortuna y ahora es parte de Wall Street. La acción se desarrolla en el piso 70 del Empire State Building de Nueva York la mañana del 28 de julio de 1945 (el 8 de mayo marca el final de la Segunda Guerra Mundial en Europa; el 6 de agosto un B-29 denominado Enola Gay lanzó la primera bomba atómica sobre Hiroshima). El megáfono es un actante que vocifera las imprudencias en la vida de  Fish; la trama se complica con varios planos temporales y narradores. El humor es absurdo, rayano con  lo grotesco. La hora de todos es, claro, la hora de la muerte y hacia allí se dirige el final:
—HARRISON FISH, totalmente trastornado:
—¡Asco! ¡Tengo asco! Gritando. ¡Sí, tengo asco! ¡Asco! ¡Asco de todos! El ruido del avión crece hasta hacerse insoportable. Harras, con un gran suspiro de alivio, consulta su reloj y hace una señal con la mano. Sobreviene el choque. Al mismo tiempo se apaga la luz.
En 1954 Arreola idea un texto literario que finaliza con un avión chocando contra el Empire State, en ese entonces el edificio más alto de los Estados Unidos. La viñeta que ilustra la portada del libro, dibujada por Elena Poniatowska, muestra el avión estrellándose contra el edificio. Cuarenta y siete años después, el 11 de septiembre del 2001, ocurre el ataque a las torres gemelas de Nueva York. Mucho se habló de cómo ciertos discursos de ficción, específicamente el cine, habían anticipado este evento. Cabe preguntarse: ¿Veía el futuro Arreola? ¿Penetraba en los abismos del ser y se imaginaba farsas apocalípticas, Juicios Finales que luego se convertían en realidad? Sí y no. Porque en esta ocasión, la realidad nos corrige la página. El día que Arreola elige para su juguete cómico, a las 9:40 de la mañana un bombardero B-25 se perdió en la niebla de Nueva York y se estrelló contra el piso 79 del Empire State. Hubo 14 muertos y 26 heridos. Las últimas palabras del piloto, el coronel William F. Smith, fueron: “Desde donde estoy, no puedo ver el Empire State”. Arreola leyó el cable periodístico —Harras lo cita en el final de la obra— y construyó una ficción a partir de un hecho real. ¿Arreola Profeta? Más bien provocador; como dice el final de “La trama”, de Borges, sobre su personaje: “Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena”.
Las máquinas de guerra son una versión negativa para Arreola de la tecnología y el escritor mexicano aprovecha el accidente para ofrecer un juicio moral sobre un personaje arquetípico: el hombre capitalista sin escrúpulos. El proceso aquí es de retroalimentación, si se quiere: la realidad nutre a la ficción y ésta construye un mundo que, a la vez, encuentra resonancias en una realidad futura.
 

Y el pescador dijo: “Habla y abrevia tu relato
porque de impaciente que se halla mi alma
se me está saliendo por el pie”.
Las mil y una noches.

Tuesday, April 23, 2013

Rosa Beltrán Darwiniana


Supervivencia del más apto
Desde que cumplí setenta años, entreno a mi mujer todas las mañanas a fin de que, llegado el caso, pueda asistirse en su viudez. Se podría pensar que es prematuro, pero las estadísticas me confirman que mis previsiones tienen un fundamento: los hombres nos vamos antes. ¿Y alguien se ha detenido a pensar en las penalidades de la viuda cuando sus facultades menguan? La historia de la viuda alegre pertenece al cine y la literatura. En la realidad, las viudas se quedan ciegas, sordas, cojas, etcétera. Una vez se supo del caso de una viuda amnésica que se empeñaba en cobrar su pensión a nombre de otra y pasó años sin conseguirlo. Mi mujer, cuando oye estas historias, se aterra. Por eso he decidido entrenarla en el arte del deterioro. Lo ideal sería ir de la cabeza a los pies, le digo, y la alecciono sobre las ventajas de ir siguiendo una lógica. A ver, pensemos. ¿Cuáles son  los verdaderos problemas de las viudas? Las tuertas, por ejemplo. Apenas si logran que alguien repare en ellas. En general no las atienden, las mandan a otras ventanillas. Podrían despertar mayor interés si se decidieran por la solución radical: o los dos ojos o ninguno. Optaremos por los dos. Mi mujer se agita. Tranquila, le aclaro, para eso está la profilaxis. Le pongo un paño grueso en los ojos y le digo: adelante, ten ánimo. Más vale empezar a tiempo. Lo primero es caminar por el cuarto sin que te tropieces. Ella da dos pasos y tira la lámpara de pie. ¡Es que nunca antes he sido ciega!, se disculpa. Yo discrepo. Para ser ciega eres pésima, le digo. No usas las yemas de los dedos ni adelantas un pie. No comprendes que la esencia del desplazamiento del ciego es huir del obstáculo. ¿Qué tal si me tiras encima la jarra de té caliente? ¡Pero si tú ya no estarás!, responde. Muy bien, no estaré, pero ¿y quién me garantiza que no te arrojarás por la ventana? Los ciegos palpan, tantean, abren bien los dedos tratando de emerger de las aguas profundas de esa otra falta de memoria que es la ceguera. En cambio tú te confías mucho. Crees que todo es cosa de improvisar. Ella busca una salida. Dice que sabrá si corre peligro gracias al oído, que tiene mucho más fino que yo. Bueno, intentemos por ahí, le digo, no sea que te quedes sorda. Después de ponerle tapones, le ato unas cuerdas en los dedos anular y medio de las que tiraré cada vez que alguien llame a la puerta. Pienso adaptarle un artefacto que cumpla esta función cuando yo no esté. Tomé esta medida porque antes probamos con un foco que encendía al accionar el timbre pero tardó horas en darse cuenta. Cuando se lo hice ver, dijo que la razón era que se confundía: no sabía si en ese momento era ciega o sorda. Tras varios intentos, decidí atarle cuerdas por todo el cuerpo: en una pierna, para avisar que algo ardía en la lumbre, en los brazos, para indicarle que alguien venía subiendo por la escalera. Con todo, fue mejor ciega que sorda. Le expliqué que si alguien se metiera a asaltarla no tendría forma de defenderse. Aumenté el grado de dificultad con una mordaza que le impedía gritar, pero ella tuvo otra idea. Los pies, querido, dijo. Pienso que ese sería mi verdadero Waterloo. ¿Cómo iría a cobrar la pensión si no pudiera moverme? No pude más que sonreír. Ya se ve la clase de viuda que serás. Inválida, pero avarienta. Procedimos. Ella dobló una pierna y sujetándola por detrás con una mano me dijo: Mira, podría caminar así, a saltitos. Le expliqué que las cojas tienen problemas mucho peores que moverse o no moverse. De hecho, tienen mayores problemas que las tuertas. Un cojo está condenado a la soledad, expliqué. Jamás verás cojos en compañía de otros cojos. No son como los ciegos que suelen andar en fila india, como un ejército desorientado pero solidario. Hay escuelas para ciegos, tours de ciegos, pero ¿has visto excursiones de cojos? Tuvo que admitir que no. Un cojo no es sólo un cojo, es una fórmula compensatoria que va más allá del pie: un cojo siempre está cojo de la compañía de otro. Un paralítico, en cambio, es el centro de atención. Piensa y verás: no hay quien se niegue a empujar una silla de ruedas, aunque lo haga de mal modo. A regañadientes se hincó. Trató de avanzar de este modo pero el sobrepeso y las pantorrillas le estorbaban. ¡Es que no puedo!, dijo. Volví a sonreír. Ya verás que sin mí la vida no es tan sencilla como parece. Y aun nos queda la parálisis, añadí. La conduje al lecho y la até de pies y manos. Acostada en la cama sin poder desplazarse ¿qué podría hacer? Podrías recordarme, sugerí. Me respondió: para qué. Para matar el tiempo, por ejemplo. Si lo único que tendría sería el tiempo ¿para qué querría matarlo?, dijo. Las viudas tienen una lógica implacable. Había que prepararla para cuando la perdiera. A ver, haz de cuenta que no soy el que tú crees, ¿quién soy?, pregunté. Eres ¡un visitante! No. Eres ¡un asaltante! No. Eres… ¡el perro! Cuando se cansó, dijo: tú lo que quieres es volverme loca. Está bien, admití, dejemos este ejercicio. No conocerás esta herramienta. ¡No, por favor!, suplicó, continuemos, te lo ruego.
Los locos son convincentes hasta ese grado en que aun rebelándonos, acaban por tener la razón.






Sunday, April 14, 2013

Invenciones

del inventor Martín Camps
Poema del andante

Este poema va para los que nacieron en el mar,
para quienes nacieron a salvo de la tierra y de los hombres.
Para quienes saben que estar muerto es no tener a dónde ir
y se armaron de camino y salieron a conocer las calles,
el aire que se respira sobre los techos rojos de los pueblos
y las mujeres que acarrean agua en cubetas de madera
y a los niños que juegan a las escondidas en la plaza.
Este poema va para los que se llevaron un cuaderno
y la mochila llena de cosas importantes:
un libro, un reloj, unos zapatos negros.
Este poema va para los que no cayeron en la tentación
de comprar una casa, con su jardín verde y recámara
con vista a una pared cándida y un sótano para llenar
de recuerdos, fotos, cajas y muebles rotos.
Este poema va para el que no se quedó a partir el pastel,
para el que se fue esta mañana antes del desayuno,
para el que no fue a enterrar a sus muertos
y a desenterrar los sueños de sus muertos.
Este poema va para ese que espera en la esquina
y minutos después se sube al camión y desaparece,
porque sus pies tienen la misión del río
porque sus ojos enferman si ven algo detenido.
Este poema va para quien embarcó antes de conocer el mar,
para el que viajó sin un céntimo en la bolsa,
para el que no regresó y desandó el camino,
porque sabía que sentarse a escuchar la lluvia
era sentarse a escuchar la ovación de la tragedia.
Para él este poema para leer de corrido,
para que no pare, porque sus pasos son los que mueven la tierra.

Tres textos tres

Sobre Telly Savalas


Sobre Baudelaire


Y un cuento (versión nueva de texto viejo): "Materia prima"

http://www.letralia.com/279/letras07.htm

Poemas curativos


PODER REDIMIRSE
Lengua de plata
burlándose con un bostezo inmóvil
de las bocas cerradas
de colores rojizos,
de encías sonrosadas.

Labios morados
porque el frío
los convierte en cristales,
y las manos guardan
en cada puño
las promesas de un grito
que tal vez cambie el mundo,
o sea el simple eco de la noche
que confunde su angustia
con el llanto de un niño,
o el aullido de un perro
que le ladra a las sombras.

Lengua de plata,
mueca para quitarle el miedo
a los que cruzan el río
y llevan la medalla
de una virgen sagrada
para que les proteja
del  sol de los desiertos
que todo lo evapora.

Labios morados
porque la noche
también tiene demonios
y entre todos los infiernos
elegir estar vivo
es poder redimirse.

SI ESTÁS VIVA
Si estás viva
tendrás que acostumbrarte
al desamor
con su desapacible exuberancia;
neutralizar
cualquier indicio
de su patógena presencia
para volverte inmune
sin perder la cordura.

Ser metódica,
tragar el desafecto
con ternura
y reírte en secreto
de tu propia tristeza.

Si logras superar
este fracaso,
te harás adicta
a lo que más te duele,
al entramado hostil
de las causas perdidas
que deambulan contigo
por esa geografía
de plenitud ingrávida
que te ayuda a volar
cuando los espejismos
se mezclan con las huellas
de los rinocerontes
que lloran enjaulados.

Silencia lo que intuyes,
drena su desnudez
para que cauterice,
y nunca olvides
que el tiempo enamorado
es una medicina
que se agota,
entonces no podrás
ocultar sus secuelas.

Ana Merino, Curación (Visor, 2010)



¿El que vino a salvarme? (y no era Piñera)

El gran Salvador Raggio, flamante doctor, se tomó el atrevimiento. Vean los resultados (gracias, Salva)

http://specimens-mag.com/2013/03/psicoanalizando-a-pablo-brescia/

Friday, March 1, 2013

4

Queridos visitantes:

1. Dos reseñas de Fuera de lugar:

Karla Sandomingo (En sub urbano, Miami)

y Christian Elguera Olórtegui (En El hablador, Lima)

2. Una entrevista de Gianmarco Farfán en su muy visitado blog Entrevistas desde Lima

3. Gracias a la invitación de Pedro Medina, inicio una columna mensual (El alma por el pie) para la revista sub urbano. La primera entrega, "La cabeza de Mr. Taylor", aquí:

4. Recomendaciones: las publicaciones online sub urbano y El hablador y el blog Entrevistas desde Lima. Todas están incorporadas en este blog (vean "¿Qué hay en un nombre?")



Un cuento del fantástico Angel Olgoso

El escritor granadino Angel Olgoso acaba de publicar su libro de relatos Las frutas de la luna. En exclusiva, su espeluznante cuento "Designaciones". Gracias, Angel, por compartir.

Levantó una casa y a ese hecho lo llamó hogar. Se rodeó de prójimos y lo llamó familia. Tejió su tiempo con ausencias y lo llamó trabajo. Llenó su cabeza de proyectos incumplidos y lo llamó costumbre. Bebió el jugo negro de la envidia y lo llamó injusticia. Se sacudió sin miramientos a sus compañeros y lo llamó oportunidad. Mantuvo en suspenso sus afectos y lo llamó dedicación profesional. Se encastilló en los celos y lo llamó amor devoto. Sucumbió a las embestidas del resentimiento y lo llamó escrúpulos. Erigió murallas ante sus hijos y lo llamó defensa propia. Emborronó de vejaciones a su mujer y lo llamó desagravio. Consumió su vida como se calcina un monte y lo llamó dispendio. Se vistió con las galas de la locura y lo llamó soltar amarras. Descargó todos los cartuchos sobre los suyos y lo llamó la mejor de las salidas. Mojó sus dedos en aquella sangre y lo llamó condecoración. Precintó herméticamente el garaje y lo llamó penitencia. Se encerró en el coche encendido y lo llamó ataúd.

Thursday, January 10, 2013

2013: dos cuentos y una reflexión

Los invito:

Un cuento del gran David Roas, un micro texto mío aparecido en el excelente blog de Fernando Valls y una imperdible reflexión del nunca bien ponderado Jorge Ibarguengoitia (Gracias Ana García Bergua y demás derivaciones).

Das Kapital 

¡Hay tantas cosas en la vida más importantes que el dinero!
¡Pero cuestan tanto!
Groucho Marx
Overbooking. Los labios de la señorita que me atiende tras el mostrador de Swiss Air acaban de pronunciar la temida palabra. Para una vez que llego al aeropuerto con bastante antelación, resulta que el avión ya está lleno. La empleada, muy amable, se disculpa (Désolée, monsieur), me entrega una tarjeta de embarque sin asiento asignado y me pide que me dirija a la puerta A-8, donde sus compañeros tratarán de arreglar el problema. Sé que debo confiar en la eficacia helvética, pero, dado mi natural pesimismo, algo en mi interior me advierte de que el día ya no puede depararme nada bueno.
Aparto de mi mente tales pensamientos y me dirijo, siguiendo las instrucciones de la amable empleada, a la puerta A-8. Paso sin dificultades los diversos controles, me acerco al mostrador de la compañía, y tras explicar mi problema a las dos personas que me atienden, éstas me piden que me siente y espere. Al parecer, no soy el único con dicho problema. Una pareja me observa y sonríe como diciéndome Sí, a nosotros nos ha pasado lo mismo. Abro el macuto, saco un libro y me sumerjo en su lectura para entretener la espera.
Al cabo de un rato que se me hace eterno, uno de los empleados de Swiss Air que antes me han atendido se me acerca y me entrega una tarjeta de embarque. Pero al revisar el billete, recibo la segunda sorpresa del día, pues me han asignado un asiento de primera clase. Como tiene que tratarse sin duda de un error, voy raudo a comunicárselo a los empleados de Swiss Air, quienes, sin abandonar su amabilidad, aunque con cierto retintín de condescendencia, me dicen que no me preocupe, que no es ninguna confusión, sino que es algo usual recolocar a un pasajero de segunda clase (dicho así suena fatal) en primera.
Al entrar en el avión no puedo reprimir un escalofrío. Un mundo nuevo (sí, lo confieso, es mi primera vez) se abre ante mí. Nervioso como un niño en la noche de reyes, me dirijo a la plaza que me han asignado: allí me espera un enorme asiento de cuero gris donde me arrellano con un leve gruñido de placer. Compruebo, casi con lágrimas en los ojos, que puedo estirar las piernas con toda comodidad.
Antes del despegue, una azafata reparte con una amplia sonrisa periódicos, chocolatinas y agua (su acostumbrado uniforme azul me parece más sobrio y elegante que nunca). Un decepcionante pensamiento aflora enseguida en mi mente: ahora seguro que me dice que a mí no me dan nada de eso porque no he pagado el billete correspondiente. Me equivoco (otra vez), y recibo, agradecido, los mismos presentes que el resto de mis compañeros. Tras comerme la chocolatina, abro el recipiente del agua. Resulta deliciosa. Agua de primera, me digo, haciendo un chiste fácil.
El avión despega cómoda, limpiamente. En pocos minutos, se estabiliza y la amable azafata de antes empieza a servir la cena. Más sorpresas: la trucha está exquisita, el vino es un Mosela estupendo (250 cc.), el postre de chocolate es sublime (la azafata, al verme disfrutar, me trae otro plato, guiñándome un ojo), incluso el café resulta excelente... Y todo acompañado con inesperados cubiertos de metal (busco, disimuladamente, caras semíticas a mi alrededor, pues les están entregando el avión en bandeja; pero mis miedos son infundados).
Me levanto y voy al baño. Antes de regresar a mi plaza, siento la irreprimible tentación de mirar al otro lado de la cortina que la azafata, como es habitual, ha corrido tras el despegue para aislar la zona de primera clase (un acto que en mis anteriores vuelos siempre he sentido, desde mi asiento de segunda, como un insulto). Pero mi curiosidad no está motivada porque ahora me considere –circunstancialmente- superior a los viajeros de esa parte del avión, sino por una cuestión de perspectiva. En otras palabras, para experimentar qué se ve desde el otro lado de esa frontera de tela, ligera pero infranqueable.
Aparto un poco la cortina y me asomo. El panorama que aparece ante mis ojos es sobrecogedor: los viajeros se agitan salvajemente agarrados a los apoyabrazos de los asientos, algunos rezan, otros gritan, los miembros de la tripulación, sentados al final del avión, no pueden reprimir su pánico... Las fuertes sacudidas abren algunos de los compartimientos y caen maletas, objetos, prendas de ropa, sobre los aterrorizados viajeros.
Pero yo no noto nada. Miro detrás de mí y compruebo que en la zona de primera clase todo está tan tranquilo como al principio: mis compañeros han acabado de cenar y unos se han puesto a leer, otros charlan pausadamente, algunos incluso dormitan, mientras la azafata sirve café acompañada de su plácida sonrisa.
Vuelvo a asomarme al otro lado de la cortina y contemplo la misma escena espeluznante. Los viajeros siguen gritando, muchos lloran histéricos, una mujer abraza desesperadamente a su bebé. Las turbulencias son tan violentas que temo que el avión no pueda superarlas.
Asustado, estoy a punto de decirle algo al tipo que tengo sentado más cerca cuando noto una leve presión en el brazo izquierdo. Es nuestra azafata. Como si yo fuera un niño pequeño que ha hecho una travesura, me hace un simpático mohín de reproche, coge mi mano y, tras cerrar delicadamente la cortina, me acompaña hasta mi asiento.
Antes de sentarme le pregunto si puede traerme un whisky. Sin decir una palabra, toma una botella del carrito metálico, sirve una generosa cantidad de escocés y me entrega el vaso con una enorme, deliciosa y sedante sonrisa.
Arrellanado en mi asiento de suave cuero gris, me dejo embriagar por el sabor de la malta y finjo que pienso en la revolución.
David Roas
[Distorsiones, Páginas de Espuma. Madrid, 2010]
Fidelidad
 
Desde lo alto de la colina podía ver el cementerio. Los ataúdes resucitaban desde la entraña de la tierra, ascendían y luego comenzaban a moverse como un magma. Los primeros se atascaban en el cauce estrecho, pero la fuerza de los últimos se imponía y creaba un nuevo camino. Era cuestión de tiempo hasta que las aguas nos taparan.
Bajaron con rapidez y quebraron las altas puertas de hierro oxidado. Y luego se transformaron en una ola enorme y lenta que avanzaba sin pausa. De pronto, me pareció ver algo que se movía junto a los ataúdes. Pensé que estaba alucinando. Pensé que asistía a una venganza apocalíptica. Pero no. Efectivamente, había algo. Eran perros. Nadaban con destreza, acompañando. ¿Acompañando qué? Y entonces comprendí: todas las cosas volvían a su origen; los perros a sus amos, los amos a sus perros.
Sentí un ruido, como si tocaran a la puerta. Cuando me di vuelta y miré hacia las escaleras, hubiera jurado que mi perro me sonrió.
 Pablo Brescia
 [en http://nalocos.blogspot.com 4 de enero 2013]

Según parece, en los Estados Unidos el número de personas que han escrito una novela es monstruoso. Muchas veces mayor, por supuesto, al número de personas que han publicado una novela. En nuestro medio, inclusive, a pesar del elevado índice de analfabetismo que tenemos, el número de personas que creen que podrían escribir una novela con las experiencias que han tenido en su vida, es tremendo. Un soneto es algo mucho más difícil, porque hay que aprender a rimar y a contar las sílabas. Pero una novela, ¡en prosa!, es la cosa más fácil del mundo. Basta con sentarse frente a un hoja de papel y contar todo lo que nos ha pasado en nuestra vida, que es tan interesante. Lo malo es que no tiene uno tiempo, porque hay que trabajar para sostener a la familia, llevar a los niños a la escuela, ir a fiestas, lambisconear al jefe, etcétera. En realidad, escribir novelas es un trabajo de ociosos. Pero eso no quita que la mayoría de la gente tenga un talento novelístico innato o, mejor dicho, literario. La prueba está en las composiciones que hacíamos en la escuela y las dedicatorias que poníamos el día de las madres. Eran geniales.

Esta situación, la de vivir en un medio de novelistas potenciales, no frustrados, porque nunca han intentado ejercitar sus talentos, ni fracasado en el intento, hace que las personas, como yo, que no hacemos más que lo todos podrían hacer, seamos considerados como una raza parasitaria, superflua y, francamente, de muy poco talento, porque nos cuesta un trabajo horrible hacer lo que todos harían en sus ratos de ocio.

Por otra parte, esto de usar para expresarse un medio que todos conocen a la perfección desde primero de primara, hace que los escritores tengamos una cantidad de críticos exactamente igual al número de personas que saben leer y escribir. El de lectores, en cambio, es mucho más reducido, porque la mayoría de los críticos son apriorísticos.

- ¡Novelas, las mías! -dicen, y no compran las nuestras.

Criticar a un pintor o a un músico es más difícil. Al primero, porque sus cuadros no los ven más que los culteranos que van a las exposiciones, y porque, además, ése sabe mezclar los colores que requiere cierta ciencia; al segundo, porque nadie sabe leer música. Esos son desechados por locos que, en nuestro medio, es lo mismo a ser desechado por genio. Pero nosotros, los escritores, estamos en la línea de fuego.

- Oye, ¿cómo no me habías dicho que eras escritor? - me preguntó una mujer con quien he tenido la desgracia de trabajar varias veces en congresos. - A ver qué día me regalas tus libros.

Ha de creer que uno tiene que andar anunciándose, y que los libros los escribe uno para regalarlos. Yo nunca le pregunté si era casada, y si me enteré que tenía una tortillería automática, fue por boca de terceros. Además, nunca se me hubiera ocurrido pedirle una tortilla.

- Oiga, patrón, ¿cuándo escribe un libro de veras bueno? - me preguntó una mimeografista a quien cometí la torpeza de regalarle un libro -. Digo, porque ése es de relajo.

Pasa uno muchas vergüenzas.

- Tus libros me parece superficiales - me dijo una culta y, por supuesto, mal educada -, pero mi yerno dice que tienen mucho porvenir, y él es argentino.

Fue un consuelo.

Pero veamos cómo se comportan los demás profesionales. Un ingeniero se pone Ing. antes del nombre, y cuando su mujer llega a la casa, le pregunta a la criada:

- ¿Ya llegó el ingeniero?

Ninguna esposa de escritor le ha preguntado nunca a ninguna criada si ya llegó el Escritor. Entre otras cosas, porque lo más probable es que no tenga criada, y porque sabe que su marido no ha salido; está en su cuarto, frente a la máquina, devanándose los sesos.

Un lic., un arq., un dr., un ing. antes del nombre, o un CPT después, son signo de que alguien se ha pasado años leyendo libros que no leería de motu propio. ¿Pero nosotros? Para escribir novelas no se necesita más que leer novelas, qué, después de todo, se supone que la gente lee por gusto. Así que además de parásitos superfluos somos hedonistas.

Pero como para adquirir prestigio no podemos recurrir a la aridez, porque sería contradecir los principios mismos de nuestro arte, podemos acudir a otras profesiones, que además de lo difícil del estudio tengan otras características que provoquen respeto por parte del público.

Un psicólogo, por ejemplo, es, en sociedad, mucho más aplastante que un ingeniero, aunque sea más difícil calcular un edificio que sentarse media hora a escuchar lo que dice un pariente. Todo le tienen miedo, porque creen que les va a encontrar un defectazo. La mecánica de este proceso es que el ignorante no sabe qué signos pondrán en evidencia qué cosa. La magia del psicólogo está en que él descubre lo que nadie ve y llega a conclusiones que nadie entiende. La base del prestigio es la incomprensión.

Esto puede ser la salvación del escritor. Si, por ejemplo, en vez de contar la novela de principio a fin, la cuenta del fin al principio, si repite la misma escena desde tres puntos de vista diferentes, si quita del diálogo los nombres de los interlocutores, si describe una mesa como si fuera un paisaje, y un paisaje como una mesa, logrará confundir completamente al lector. Es posible que éste nunca termine de leer la novela, pero respetará al que la escribió.

De ahora en adelante escribiremos así y dejaremos de ser parias.
 
(6/dic/68)
Jorge Ibarguengoitia